Por: Maestro Jorge E. Mora Reyes

Imagen: Bartolomé Esteban Murillo, “Sagrada Familia del pajarito”

Todavía recuerdo aquella actitud de recién graduado de la universidad, con ánimo de comerme el mundo, de transformar culturas y sociedades, de mostrar mi conocimiento y valía profesional. En ese entonces no tomaba en cuenta consideraciones importantes de mi personalidad, como el temperamento, personalidad, virtudes, etc., creía que no necesitaba del “ser”, con el simple conocimiento y “empuje” iba a lograr lo que deseaba, este fenómeno voluntarista, me llevó a ser “impositivo”, inseguro y poco dócil frente a mis compañeros, colaboradores y superiores, en el fondo también pensaba:

-“estoy en lo que pienso y debo defenderlo hasta la “muerte” y en caso de que la empresa ó compañeros no estén de acuerdo siempre puedo emprender o conseguir otro trabajo”.

Esta “actitud” me llevo a conflictos inútiles y a la pérdida de autoridad, generando un ambiente “enrarecido” en mi área laboral. El día de hoy sigo en “formación” pero soy consciente de mis debilidades del carácter que deberé seguir trabajando día a día.

Un gran amigo, que me estimaba mas allá de mis habilidades o éxitos profesionales, se acercó conmigo y sabiamente me recomendó trabajar en mi docilidad, mi primer pensamiento fue asociar el concepto de docilidad con debilidad, ¿cómo una persona tan virtuosa y sabia me pedía que fuera “débil”?

Con el paso de las experiencias, el tiempo y momentos increíbles como los de ser esposo y padre pude entender mejor a lo que se refería,  el siguiente escrito de Federico Suarez en su libro “José, esposo de María” (2008, Minos: México) plasma con asombrosa claridad lo que recomendaba mi buen amigo:

“Porque hay obstáculos para la obediencia, y los más dañinos son los que tienen su origen en la soberbia. Está, desde luego, la pereza, pero no es, ni con mucho, lo peor. Hay una malignidad peculiar en la falta de docilidad que radica en la actitud mental propia del soberbio, es típica arrogancia que se da a veces en algunos intelectuales, que porque ven -o les parece ver- claro rechazan toda autoridad y aun todo consejo, y a los que si ni siquiera la contemplación de unos hechos, reales y objetivos, les hacer mudar de actitud. Esta es, evidentemente, la peor especie de prejuicio, y termina siendo hasta irracional. Quizá por eso es tan difícil hacer ver su falta de razón a los que están tan seguros de sí que no son capaces de rendir su propio juicio; curiosamente, acaban cayendo no pocos de ellos en un puro voluntarismo, esto es, en la negación a someterse a la realidad porque no se ajusta a la propia visión de las cosas, y a sustituirla por otra distinta concebida no por Dios, sino por uno mismo…”

“Claro que, afortunadamente, este tipo de prejuicio no se da siempre, ni en todos. La falta de docilidad puede provenir no de mala voluntad, sino de falta de capacidad para admitir lo que no se comprende, aun cuando venga anunciado por quien puede conocerlo…”

“Y no se piense que la obediencia, o esa disposición natural o adquirida que hace que un hombre obedezca en el acto y sin aparente esfuerzo, y que se conoce como “docilidad”, sea una merma o una limitación de la libertad”.

Concluyendo, la docilidad siempre demostrará una mente más abierta y capaz, menos aferrada a prejuicios, incluso cuando existan ciertos “misterios”. 

Quedo a sus órdenes en twitter @emorar  mi Facebook: https://www.facebook.com/JorgeEdgarMoraReyes/

 

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